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8.9.13

el miedo.

Dardos tranquilizantes lanzados con una cerbatana y con mucha destreza, directos al corazón. Brazos de zombie de película de serie B, de bajo presupuesto y peores efectos especiales, que surgen de una tumba de cartón piedra y sujetan de los tobillos a la guapa de la película. Ese momento en que terminas tu examen y empiezas a alzarte, y te paras justo al darte cuenta de las miradas de reojo y de que eres el primero y el único que está a punto de entregarlo. Ese ahogo en seco, esa parálisis ante una puerta oscura que la parte racional de tu cerebro quiere cruzar, y la parte irracional lo único que quiere es estar de copas en el bar de siempre con los amigos.

Pero la protagonista siempre vive. Y los exámenes se pueden repetir y aprobar. Y las puertas se pueden cruzar. Y no hay dardos que puedan parar a los valientes.

26.10.12

de los sueños fugaces de cinco segundos


Sumergido, muy profundo, convierto en cristales todo aquello que toco. El fondo marino, hasta este momento totalmente quieto, forma una cortina de arena cuando lo acaricio con la mano. Dibujo tirabuzones y formas imposibles, y las pequeñas párticulas de arcilla y grava brillan: los matices de los rayos del sol que apenas les llegan las convierten en estrellas de corta y pega, en luciérnagas enanas en un ambiente extraño.

Despierto y tan solo tengo el leve recuerdo de que buceo.

20.8.12

de los deseos.

Deseo viajar lejos, vivir en otra parte, poniendo en la maleta un saco de borrones y cuentas nuevas y aprendiendo desde cero rutinas que nadie te explica. Deseo volver a aparecer en un pueblo perdido en Cuba y compartir canciones, historias y mojitos con familias que te dejan marcado. Deseo momentos de conexión con gente desconocida pero cómplice. Deseo silencios en determinados momentos en los que lo más bonito que se podría decir ya se ha expresado en gestos, miradas, o sudores de piel dentro de piel. Deseo mojarme de nuevo bajo la lluvia en Tokio y deslizarme entre esa marea de paraguas transparentes. Deseo bullicio, y extender mis brazos en forma de cruz, y que la gente pase y los toque, como una marea infinita de brazos, hombros, codos, a los que pasar revista con los dedos. Deseo aquellas calles del centro de London en las que pasabas desapercibido y eras una gota más de las multitudes atareadas. Deseo abrir los ojos en algún lugar que no salga en los mapas, y que todo sea de color verde. Deseo volver a estar en conciertos entre la gente que me importa y compartir sentimientos que a ratos creo que he olvidado. Deseo estar presente en muchas fotos que veo. Deseo poder teletransportarme en el espacio y en el tiempo. Deseo dar la mano a alguien y que ese gesto provenga de dentro de mí. Deseo labios que no puedo tocar, ojos que no puedo mirar y cinturas que no puedo sujetar. Deseo pasar frío en un camino desierto en Islandia. Deseo despertar un día, mirarme al espejo, y dejar de sentir ese revoltijo del estómago que indica que mi cubo de los deseos sigue aún lejos de empezar a vaciarse.

Pero ante todo, deseo.

9.8.11

Islandia

Islandia me llama. Desde el fondo de cada murmullo de cuantos arroyos pueda imaginarme. Desde la profundidad de cada lago helado que susurre frías canciones de cuna. Desde cada géiser que lance al aire chorros de agua caliente y extraña. Desde cada piedra, cada matojo, cada centímetro cuadrado de hielo y musgo.

Me llama. Y me dice que venga y lo disfrute. Que pase días en silencio buscando la parte de mi que no sale en el índice de mi vida. La parte que solo se atisba cuando estoy a solas y no hablo para no interrumpir la lluvia de silencio.

Será cuestión de pensárselo, digo yo. Adelante, Bonaparte.