13.11.07

en el cristal

El frío se cuela por las rendijas de la ventanilla mal cerrada del compartimento. Le cala hasta los huesos, se le mete en las entrañas y se le enreda en el pelo. Es un frío blanco, irreverente y duro. Le hace enrojecer la piel e incluso casi duele solo de pensar en él.

Fuera todo está negro. El manto helado cubre un paisaje que se adivina tétrico, de cuento de terror o película de horror y palomitas. Sombras de árboles danzan en sentido contrario al del tren que avanza.

Una noria de recuerdos se mece entre sus neuronas. Miles de adjetivos, la mayoría de ellos insuficientemente sangrantes, salen despedidos de sus labios mudos hacia él.

Y erran.

El vaho de su respiración deja una fina película en el cristal. Una y otra vez los ojos se le empañan y repite para si el mismo mantra: "no debía ser así".

Muchos kilómetros de vuelta sobre sus espaldas, muchas promesas que bajaron en estaciones fantasma y muchos besos que se quedaron en el compartimento de equipaje de un tren que no iba a ninguna parte.

La respiración se convierte en un jadeo quedo, casi un susurro que enumera porqués sin respuesta ni consuelo, con el "bam-bam" del traqueteo sobre las vías como única compañía.

"Duele", piensa, y esa simple palabra no es capaz de definir la herida que arde de dentro a fuera, que traspasa su pecho y hace crujir los dientes cada vez que piensa.

"Duele, oh sí".

Y en el cristal ha dibujado un corazón roto en mil pedazos.